Después de varios meses de una avalancha económico-financiera sin precedentes iniciada por el COVID, nos encontramos en un punto que pudiera representar el inicio del colapso del sistema monetario internacional contemporáneo. La razón es contundente: El mundo está más endeudado que nunca.

La deuda global alcanzó un máximo histórico del 331% del PIB mundial, con 258 billones de dólares en el primer trimestre de 2020, de acuerdo con el Instituto Internacional de Finanzas. Con esto, el entramado institucional de países se encuentra en una encrucijada donde debe más dinero y produce menos al haberse contraído la economía mundial. Es decir que hay más deudas, y menos capacidad de generar dinero para pagarlas.

Esto se agrava más aún en países en desarrollo, pues sus monedas a la postre alcanzaron devaluaciones de dos dígitos, lo cual hace que sus pasivos en dólares se disparen entre un 20 y 30% más.

En México también debemos más que nunca. Durante el primer semestre del 2020, el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público (SHRFSP), la medida más amplia de la deuda del país, se ubicó en 12.07 billones de pesos, lo que significó un aumento de prácticamente un 15% con respecto al año anterior. Así, los esfuerzos de austeridad, se esfumaron rápidamente ante una deuda total que representará el 56% del PIB para cierre de año.

Con ello, la capacidad de los gobiernos para coordinarse y sanear esta situación global está en duda. Evidentemente, se requiere una coordinación entre países e instituciones multilaterales para renegociar las deudas interrelacionadas sin ocasionar colapsos generalizados. Un reto sin duda titánico, que hoy en día se cuestiona ya en los mercados que tiene nuevamente al oro - uno de los activos considerados refugio en épocas de incertidumbre- cerca de sus máximos históricos, y ha vuelto a reactivar el mercado de las criptomonedas con rendimientos superiores al 50% este año.

No necesariamente la conclusión de estos fenómenos será negativa. Como en todo gran cambio de paradigma, se crearán nuevas reglas del juego que obligarán a los países a tener relaciones más equitativas en relación a su producción y consumo. Tendrá que existir un alto ante el endeudamiento latente de las economías más avanzadas, y los gobiernos centrales perderán poder ante una nueva realidad de interdependencia global con mayor participación ciudadana y empresarial por medio de la tecnología.

La sentencia de cambio está dada. Depende de nosotros su evolución y duración.

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